

El otro mundo
LA HISTORIA NO CONTADA
De las familias del Cartucho y Santa Inés
Autor: Salvador Benavides Tarud
Foto: Salvador Benavides Tarud
"¿Quién se iba a imaginar que la reintegración social de grupos se manejaba por la odontologÃa?"
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“En diciembre nosotros habíamos pensado en regalarle a cada familia una mesa de comedor con cuatro butacas, para que comieran sentados. Me dijeron que no, que habían pensado entre ellos y a los 8 días nos comentaban qué querían de navidad. Hicimos la siguiente salida, y nos dicen: ‘listo, ya tenemos lo que vamos a pedir. 32 dientes’”.
— ¿Pero dientes? ¿Cómo dientes?
— Sí. Hicimos cuentas entre nosotros, a todos nos falta uno o dos dientes, o más. Y cuando vamos a Colsubsidio todo el mundo tiene dientes. El celador, el portero, la vendedora. Nos toca taparnos la boca.
¿Qué se iba a imaginar uno que la reintegración social de grupos se manejaba por la odontología? Fuimos entonces a la Nacional y montaron un puesto móvil donde colocaron los treinta-y-pico de dientes.
Así lo recuerda Walter López, sentado en el comedor de su apartamento, y acompañado por sus dos gatos que no dan tregua a la curiosidad y el juego. Coordinador de proyecto del programa ‘Plan La Estrategia’ de la Secretaría de Bienestar Social, Walter trabajó con su fundación, ‘Proco’ -Promoción Comunitaria-, para hacer la reconstrucción y reintegración social de las llamadas “familias naranjas” del barrio Santa Inés y el Cartucho. Este código, estas familias naranjas, fueron llamadas así en un censo para clasificarlas.
En este censo, había tres categorías de personas en la zona: las ‘familias amarillas’ no tenían mucha relación con el lugar, eran arrendatarias recientes. Las ‘familias naranjas’ eran familias más complicadas porque tenían posesión sobre el territorio. Por último, estaba la ‘gente roja’, que eran habitantes de calle con antecedentes judiciales. Según Walter, las familias naranjas eran complicadas porque llevaban mucho más tiempo en el lugar. Algunas podían alegar posesión sobre el territorio. Vivían del sector informal de la economía, y de no brindarles un acompañamiento, era posible que terminaran como habitantes de calle.
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Para Walter, este proyecto era un ejercicio lo más integral posible: era una situación de ingreso y reconocimiento geográfico, cartográfico, y social con la ciudad. Él reconstruye las veces cuando llevaban a los niños al parque y decían ‘¿Me puedo subir ahí?’
— Claro.
— ¿Puedo sentarme aquí?
— Claro.
Los mismos niños se auto-segregaban. Venían con esa marca.
Antes de continuar el relato de esta historia, Walter va por un vaso de agua. Han pasado unos 15 minutos en los que ha recordado y hablado de aquello que describe, más que como una intervención social, como una experiencia de vida. Toma a su gato más juguetón, que ahora está saltando encima y debajo de la mesa, lo lleva hasta la habitación, y vuelve al comedor para retomar el hilo en la entrevista.
— Bien, ¿Por dónde íbamos?
— Me estabas contando sobre las familias naranjas. Quería preguntarte, ¿en qué estado se encontraban antes de la intervención?
— Eran familias rara vez nucleares. No era papá, mamá e hijo. Era papá, tía, prima, sobrino. Vivían en completa informalidad. No tenían documentación de ningún tipo y por ende no tenían ciudadanía. Muchas veces ellos tenían sus proyectos de vida, pero faltaba la oportunidad. Conversábamos sobre lo que querían hacer, qué querían estudiar, y muchas veces logramos llevarlos a estudiar al SENA. Uno siente que lo que la gente necesita es tener esa oportunidad de crear vínculos y que lo escuchen. Ellos eran felices cuando con el grupo de trabajo nos sentábamos a tomar café con las familias. Eran escuchados, eran reconocidos.
— Y cuando empezó el proceso, ¿hubo alguna dificultad con el desarrollo del programa?
— Había un tema de normas. Cuando uno iba a los otros alojamientos, había siempre muchas normas. Las encontrabas en papeles pegados en todas las puertas. ‘No se puede, no se debe, no se tal…’. Una cantidad de normas. Nosotros no teníamos sino tres normas: Uno, usted no puede dejar muñecos en la puerta, que así les decían a los muertos. Dos, no pueden robar a los vecinos, o se quema el parche. Y tres, no pueden consumir. Había a veces diferencias entre ellos, confrontaciones, pero se solucionaban mediante acuerdos y conciliaciones.
— ¿Y de qué se trataban estas conciliaciones?
— En una oportunidad cambiamos armas de juguete por juegos didácticos. Con ellos creamos y reforzamos los tejidos sociales entre ellos. Era crear espacios adicionales de encuentro y conciliación. Uno de estos juegos era como escaleritas, en las que las familias que jugaban ganaban puntos cuando ayudaban a la comunidad, cuando podían ahorrar para ellos, y perdían los puntos cuando llegaban borrachos, cuando peleaban. Era a través de pequeñas cosas así que muchos salieron adelante. Aparte de las conciliaciones era también presentarles el mundo fuera del barrio Santa Inés. Salir a los parques era una maravilla. Ir al cine era la locura para ellos.
"Los mismos niños se auto-segregaban. Venían con esa marca "
"Cambiamos armas de juguete por juegos didácticos"
Las universidades tienen mucho que hacer: hay que apoyar, promover causas sociales

— Entonces, ¿podría ser que el problema para las familias del Bronx era que habían sido deshumanizadas?
— Muy estigmatizadas. Claro, había cosas horribles en el Cartucho y en Santa Inés: vendían órganos, vendían hígados. Cuando descubrieron eso, era que los operaban allí y se llevaban los órganos a Canadá. Y esto a cuatro cuadras del Palacio Presidencial. En el Cartucho decían que tenían mejores armas que los policías. A raíz de todo lo que vivieron, con las familias tocaba hacer unos ejercicios de valores, qué es lo bueno y lo malo.
— Y, ¿En algún momento hubo alguna amenaza que pusiera en riesgo a las familias o al programa?
— No. Hubo algunos inconveniente porque en una ocasión descubrimos que guardaron carros robados en uno de los alojamientos. Tocó hablar con ellos, pero siempre mantuvimos una buena relación en la que casi no hubo conflicto. Nunca me sentí amenazado. Yo hacía las entrevistas iniciales a las personas que se quedaban con nosotros. En una ocasión llegó un muchacho y le pregunté ‘Bueno y, ¿Tú de qué trabajas?’. ‘Yo soy quietero’, me dijo. Resulta que quietero es la persona que te dice ‘quieto ahí’, y te roba a cuchillo. Le dimos la oportunidad a este muchacho, y de la Secretaría Social le dieron el alojamiento como casa por cárcel. En ese momento, el único trabajo disponible era en el jardín infantil que teníamos con unos seis niños, y él terminó cambiando pañales, dando teteros. Algo increíblemente tierno para alguien que vivía de robar. Aquí te das cuenta que lo que la gente necesita es oportunidades.
— ¿Qué otras oportunidades se desarrollaron para las familias?
— Una vez nos inventamos un campeonato de fútbol con los 3 alojamientos. Ellos eran muy divertidos también, eran de mucho humor, por ejemplo, con la palabra ‘gonorrea’. Ellos no decían gonorrea sino ‘gononea’. Les dijimos que eso era una enfermedad de transmisión sexual, algo como decir paperas. Y a los dos dos o tres días entre ellos decían ‘Hola viejo paperas’. Es también, de alguna manera, lograr espacios de relación entre los profesionales y las familias para dar un acercamiento mayor, romper la barrera de formalismos.
— ¿Cómo reaccionaron las personas que vivían cerca a los alojamientos?
— Algunas familias nos la tenían velada. Se quejaban, ponían querellas. Pero, curiosamente, un número mayor de gente era solidaria. Pasaban, preguntaban, se disponían a ayudar y hasta a hacer buñuelos para las familias de los alojamientos. Creaban entornos amables, y conocían el programa y las ventajas de este.
— Pensando en el futuro de las familias, ¿se tomó alguna medida para la sostenibilidad del proyecto?
— No hubo seguimiento. Cuando se acabó la administración Peñalosa, también acabó el proyecto. Fuimos desmontando y entregamos una casa, luego la otra, y la otra. No volvimos a saber del paradero de estas familias. Por esto es que yo creo que las universidades tienen mucho que hacer: hay que apoyar, promover causas sociales. La gente, más que compasión o lástima, lo que necesita es oportunidades. Y los universitarios podrían tener un papel importante en ayudar a estos grupos junto a organizaciones sociales.
"Los mismos niños se auto-segregaban. VenÃan con esa marca "