

LA FELICIDAD CON SABOR A CHOCOLATE Y PAN
Richard Fernando Quiroga, de 44 años, comparte sus experiencias como voluntario en una fundación que se empeñó en ayudar a la gente del Bronx, un lugar donde la realidad de la vida cotidiana es cruda y a menudo, desgarradora.
Autora: Paula Sofía Téllez Franco
Foto: Richard Quiroga

Foto: Sofía Téllez
Desde el caos de la "L" (como también se conocía al Bronx por la forma de las tres calles que conformaban esta área) hasta los momentos de ternura con niños que solo desayunaban aguapanela y pan, Richard narra su travesía como voluntario, revelando los altibajos, desafíos y recompensas que lo llevaron a convertirse en una figura clave en la entrega de esperanza en medio de las sombras.
¿Cómo llegó a relacionarse con El Bronx?
Yo soy de los que andaba en grupo de motos; estaba en varios clubes de motos y uno de ellos una vez nos dijo que fuéramos a hacer una obra social para un diciembre. Dijeron que fuéramos al Bronx, con una fundación que se encargaba de entregar chocolate. Fui esa vez y me encantó, porque es trabajar con niños de los hostales. Allí había casas donde fácilmente podían haber entre 30 a 40 familias. Era mucha gente. Entonces salían niños, adultos, jóvenes. Empezamos a llegar a las cuadras, hacían fila y empezamos a entregar chocolate con pan, jamón con queso y ropa. Al comienzo, la primera fundación fue chocolate y pan. Así fue que me enteré.
¿De las veces que fue al Bronx cómo fue su experiencia estando allá?
Eso es un sube y baja. Hay momentos lindos; yo recuerdo que yo no podía hacer nada porque tenía todos los niños encima. Me decían profe, era pelear que porque yo no le traje unos zapatos, que porque uno quería un juguete, que porque uno quería un cuaderno, otro quería una foto, que profe usted no me volvió a traer nada; bueno, así era. Pero había momentos donde muchos niños caían en la cárcel, o sea que ya con 17 años estaban en la cárcel o que los chuzaron. A muchos niños los mataron, muchas niñas cayeron en la prostitución. Había familias a las que les tocó salirse de allá. Un caso que me marcó fue una familia muy linda donde al papá lo mataron en la “L” y los “sayayines” estaban buscando al resto. Y ver niños que les trataban de dar becas, les tratábamos de conseguir muchas cosas a los niños. A los indigentes se les daba también por igual, pero un indigente no quiere salir de allá, a la gente le gusta ese mundo.
¿Qué trabajos hacía con la Fundación?
Yo empecé llevando una bolsa de pan. Hasta yo me inventé unas campañas donde tenía que pelar papa, ayudar con un sancocho para entregarle a la gente, cocinar, entregar ropa, ayudar a servir chocolate, hacer bolsitas de pan con chocolate. Mi esposa se quiso vincular, ella se encargó de repartir la ropa, empezar a repartir en las cuadras chocolate y pan, ayudar a organizar la gente. Cuando llegaban muchas personas habitantes de calle, ellos llegaban a querer hacer lo que querian, entonces decían “sírvame a mí primero” y nosotros les decíamos “no, haga fila como todo el mundo”. Había una fila para niños y otra para gente adulta. Tocaba hacer de todo allá. Muchas veces conseguí donaciones de empresas como Águila para comprar los alimentos necesarios.
¿Por qué se ofreció como voluntario? ¿Qué lo motivo?
Siempre me ha gustado ayudar y dar al que menos tiene. Uno se da cuenta que hay gente que necesita mucho. Había niños que solamente desayunaban una agua panela con pan y que no habían almorzado. Ver salir a los niños a las 11 de la noche en calzoncillos y sin ropa y darles un pedazo de queso y un pan y ver como lo recibían. Se alejaban 1 metro, se sentaban en el piso y empezaban a mojar todo y a comer con tantas ganas que conmueve a cualquiera.
En Navidad entregarle un juguete a un niño y ver su cara de alegría. A una mamá que pide con lágrimas que le demos un chocolate y pan para el desayuno de sus hijos. El indigente que consume drogas es agresivo; sin embargo, allá por lo general se comportan súper bien. Saludan y dan las gracias. Es muy raro el que no haga caso en la fila. Es muy bonito trabajar con todos ellos, todos prestaban atención, hacían caso y nadie nos trató mal. Nos sentíamos súper seguros con ellos, nosotros íbamos en nuestros carros, camionetas, motos, y nunca intentaron hacernos algo, era muy bonito estar allá compartiendo con ellos.
"Siempre me ha gustado ayudar y dar al que menos tiene. Uno se da cuenta que hay gente que necesita mucho."