

LE DEBO LA VIDA A QUE HAYAN ACABADO EL BRONX.
Una vida llena de gritos, droga y dolor. Este era un bucle que no parecía tener final. Para John Jaimer Rodríguez de 45 años no fue fácil salir de allí, pues ya se había acostumbrado a caminar diariamente por una de las calles que colindaba con el Batallón de Reclutamiento del Ejército Nacional. Fue así como pasó la mayor parte de su vida sobreviviendo en el Bronx, un lugar que muchos consideran el infierno en la tierra.
Autora: María Paz Salom Muñoz
Hace siete años, Bogotá despertaba con la noticia de que un operativo de desmantelamiento se estaba llevando a cabo. Uniformados de la Policía Metropolitana de Bogotá, del CTI de la Fiscalía y el Ejército Nacional habían ingresado al oscuro sector del Bronx para darle fin a la peligrosa estructura de violencia, droga y prostitución que se había apoderado de ese lugar. Allí estuvo John, viviendo en carne propia el antes y el después.

"Llegué a un estado de suciedad tanto física como moral porque empecé a hacer cosas malas como robar y andar por ahí para conseguir droga. Fueron muchos años consumido en la droga y tirado en la calle, sobre todo en la del Bronx"
-¿Cómo llegó usted al mundo de la droga?
-La primera vez fue por curiosidad. Eso fue en un colegio estudiando de noche, con un amigo que ya había fumado marihuana. A mi me dio por probarla, me dio mucha risa y mucha hambre, pero me gustó. Yo empecé con la marihuana, tenía 14 años y aún no estaba en la calle; estaba viviendo donde mi abuelita y también trabajando porque mi padre me había firmado un permiso para camellar. Eso fue en una serviteca y yo estudiaba de noche. Tenía el apoyo de toda mi familia, pero en medio de mis trabas empecé a tomar. Después me llegó la quincenita y ya no aporté nada para la casa y llegué una noche todo borracho. Mi abuelita con pena y dolor en el alma me dijo: “Jhoncito, así no más”. Entonces me devolví para donde mi papá y ya me creí un hombre grande porque ya sabía trabajar y ganaba plata. Luego me fui de mi casa. Ya ahí conocí el bazuco a los 16 años cuando engendré mi primer hijo porque soy padre de dos hijos: uno tiene 27 y el otro tiene 26. A los 22 años me separé de la mamá de mis hijos. Después de eso conocí completamente la calle cuando “me tiré al 3” (llegar a un estado irremediable) como se dice; llegué a un estado de suciedad tanto física como moral porque empecé a hacer cosas malas como robar y andar por ahí para conseguir droga. Fueron muchos años consumido en la droga y tirado en la calle, sobre todo en la del Bronx.
-¿En qué lugares estuvo usted mientras fue habitante de calle?
-Yo estuve unos días en mi barrio que es Patio Bonito, luego de ahí me fui para Fontibón y estuve como dos años allá. Después empecé a luchar, conocí a Dios y estuve en un lugar de rehabilitación durante unos ocho meses. Cuando salí la recaída fue más dura porque conocí el Cartucho. Todavía existía eso allá en la 11 con décima y pues me metí allá. Fue peor porque se me abrieron los ojos al mal y a la delincuencia. Empecé a perder el miedo y me puse a delinquir en forma en ese centro, consumido. Salíamos, a “echar mano” a eso se le llama al arte; aunque no crea eso es un arte. Entonces empecé a especializarme en el mundo del robo. Primero empecé “vataliando” (cosquilleo), luego bolsillos y más adelante nos íbamos a robar teléfonos a los buses o el producido de cada chofer. Hice varios procesos de reintegración y rehabilitación los cuales no completé y empecé a rebuscarmela otra vez, pero empezó a irme duro y volví a delinquir, pero entonces esta vez ya no consumía tanto. Yo robaba para pagar un hotel, para comer, para comprar mi ropa. Cuando empecé a ahorrar para comprar un casalote me fui en cana y esa fue mi primera vez. En el año 2010 llegué a la Modelo, la peor experiencia en mi vida no se lo deseo a nadie. No era tanto por el sufrimiento de no disfrutar la libertád en todo esplendor sino por la decadencia que se ve allí para el ser humano, como lo tratan a uno. Llegar y pararse frente a un tombo y decir “me puedo expresar?” y ellos le decían a uno: “ustedes, son lo peor de la sociedad, la mugre de la sociedad, manada de “hijuetales”. Y al el que no le gustara le pegaban su garrotazo y es literal, no son mentiras. Después ya llegué al Bronx.



-¿Cómo fue su experiencia en el Bronx?
Luego de que El Cartucho se acabará en el 2004 nos bajaron para el Matadero Distrital. Eso queda por la calle 13 con carrera 32 y ahí nos metieron. No es mentira y eso salió por noticias. Allá mataron unos tombos porque estaban consumiendo. Hay muchas cosas que la sociedad no sabe o no quiere ver, o ven, pero no quieren creer. A nosotros nos culpan y nos juzgan de muchas cosas, pero había más gente involucrada, y allá los tombos estaban fumando. Ya cuando a ellos los matan, no nos dejaron más ahí, nos sacaron y nos desplazamos para varios lados. La mayoría nos metimos al Bronx que era la 15 o la “L” como la llamamos. Yo llegué a una olla que se llamaba “Manguera” ya cuando se estaba acabando El Cartucho y quedaba un callejón. Allá en ese gancho la droga se distribuía en una manguerita roja, por eso le pusieron así. Esa olla era una casa de tres pisos grandísima, enseguida en una esquina ahí vendían todas las drogas. También escuchábamos cuando metían a la gente y la torturaban. Eso se sabía por los gritos y también porque los veíamos por una reja. Ahí tenían una alberca llena de ácido donde desaparecían a las personas y lo que no se tragaban los perros, porque los perros no se comían a la gente, pero sí les ponían las manos o las piernas para que los mordieran y se desangraran. Eso es tenaz porque esos son cuadros que uno los vio drogado. El bazuco lo que produce es miedo y pues imagínese uno estar con miedo porque está bajo el efecto de la droga y al mismo tiempo está viendo lo que está pasando. Otra de las cosas pailas fue ver la muerte, había un man que se llamaba “Don Bayona" y de la nada sale y dice “venga, venga lo probamos”, y pues los mato. De los cinco que estalló, se murieron cuatro y ahí quedaron y ellos estaban al lado de nosotros o sea los mató de destrabe, de alegría, para probar que el guayo estaba bueno. Y es duro porque algo que me marcó fueron los niños, conocí y vi muchas niñas hermosas llegar y en cuestión de 15 días no conocerlas o no volverlas a ver. Muchas veces las entraban allá para venderlas, prostituirlas o simplemente para que probaran la droga y se adentraran en ese mundo.
"También escuchábamos cuando metían a la gente y la torturaban. Eso se sabía por los gritos y también porque los veíamos por una reja. Ahí tenían una alberca llena de ácido".
-¿Cómo ha sido su vida después del Bronx?
Pues cambió completamente para bien. Hoy en día me considero una persona feliz, con metas, con aspiraciones y sueños. Yo creo que fue lo mejor que pudieron hacer fue acabar el Bronx y El Cartucho. A raíz de esto nacieron hogares de paz, comunidades de vida, o hogares de rehabilitación a los cuales pertenecí, antes de llegar a donde estoy. La diferencia fue que esta vez sí me cumplí a mí. Estos están apoyados por la alcaldía mayor y la Secretaría de Integración Social. Entonces, considero que ha cambiado para bien. Y pues como se acabó todo eso también creo que les cambió la vida a muchas personas, pues dejó de existir esa zona de confort para las personas que estábamos consumidas por la droga. Para muchos ya no hay cómo ni a dónde llegar, y eso evita la sensación de consumir, digámoslo así. Uno es consciente de que hay más, en cada barrio hay una pero no es de ese tamaño ni de ese nivel, o por lo menos no como la viví yo.
-¿Cómo llegó a su vida actual después de estar en el Bronx?
Primero agarrándome muy fuerte de la mano de Dios, concientizándome de que así cómo vivía iba a terminar muy mal y también me sirvió mucho el apoyo de mi familia. Cabe decirlo, también a raíz de que me sucedieron cosas cómo estar en la cárcel y perderme en la droga al punto de no saber quién era yo, pues también aprendí, aprendí a valorar muchas cosas, como la misma salud, la libertad, la propia vida, la familia, la tranquilidad y el tener un trabajo. Entonces, yo pienso que en este momento las bases de mi vida son la fe y la fuerza de voluntad. Eso es necesario para poder superar cualquier tropiezo en esta vida.
-¿Qué lo motivó a tomar la decisión de irse a vivir al campo?
Pues la verdad soy una persona que a la edad que tengo le doy gracias a Dios porque estoy vivo. No he conseguido nada material y pues ya pensando en que viene una vejez y que debo tener una estabilidad, decidí volver a Junín que fue en donde crecí la mayor parte de mi vida. Estando mi padre sólo, después de que se murió su compañera de toda la vida, empecé a pensar que él también aquí solito, y yo solito por allá en Bogotá, no tenía sentido. La verdad pues la vida está muy cara, el sueldo prácticamente me hacía ver a gatas. La vida en el campo es completamente diferente, el trabajo es duro pero pues siento que un regalo que la vida me está dando es el poder compartir con mi padre.
-¿Cree usted que su infancia tuvo que ver con las decisiones que usted tomo en su vida?
-Si, de hecho es extraño volver al campo y ver el cambio que mi padre tuvo conmigo porque mi infancia no fue buena. Eso me encaminó a evadir el estar en mi casa y luego caer en el mundo de la droga. El John Rodríguez de niño escuchó muchas frases que yo ya de viejo nunca supere. Siempre en el colegio y en mi casa me decían: “ay es que el más feíto de la familia es usted”. Yo no soy negro, yo soy moreno, pero me apodaban cusumbo o chakazulu.
Cuando tenía entre ocho y nueve años recuerdo que llegaba a la casa mi hermana se burlaba y mi papá siempre me hacía a un lado. Él decía también que yo que no era hijo de él desde pequeño, porque mi hermana siempre fue de tez blanca y cabello rubio y yo era bien morenito y pelinegro. Mi papá nos llevaba a los dos de la mano y le decían: “Ay tan bonitos esos chinitos ¿son sus hijos?” y él contestaba: “ella si es mi hija, ese man no”. Son cosas que marcan de por vida. Yo creo que a raíz del mismo juicio y de sanar viejas heridas logré ganarme el corazón y el cariño de él y que me extrañara cuando me fui porque fueron seis meses por fuera. La razón para volver fue el amor a mi padre, de un 100% por ahí 90%. Me tiene motivado el estar aquí con mi él y poder compartir juntos los años de vida que le quedan rodeados de naturaleza y cosas varias que hacer, pero sobre todo de mucha tranquilidad.
